Supongo que para algunos es más fácil exiliarse. Irse. Chau. Ni siquiera molestarse en dar un portazo como de aviso. Irse nomás, sigilosamente, como entre sombras. Desvanecerse, digamos. Irse sin dejar una nota, una dirección donde escribir, sin rastro alguno, sin una miga de pan en el camino, como Hansel y Gretel.
Supongo que no mirar atrás es parte de la estrategia. No fijarse quién queda. No detenerse a ver si hay alguien escondiendo una lágrima, ensayando una mueca de olvido, finjiendo entender razones, quedándose inmóvil mirando el tren irse, al borde del andén.
Supongo que es más fácil ejercer el olvido selectivo. Hacer como que "aquí no ha pasado nada". Borrar, arrancar páginas. Eso. Pasado pisado, borrón y cuenta nueva.
No es fácil para quien se queda. NO. No es fácil verse las manos llenas de silencios, no es fácil quedarse con el abrazo inconcluso. Quien se queda rara vez olvida. Y, de alguna manera, sin que yo haya despegado los pies del andén, volvimos a lo que una vez fuimos: extraños.
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