jueves, 23 de mayo de 2013

Era hora

Se sentó en la misma cafetería, una vez más, como todos los otros día. Pero por alguna razón, la ciudad parecía más brillante. Estaba mirando por la ventana cuando la camarera se detuvo junto a él.

- ¿Lo de siempre, señor?
- Sí ... Espera ... no, mi vida acaba de cambiar, así que bien podría también cambiar mi pedido... capuchino, por favor.
- Ya se lo traigo.

Ella le sonrió y él le devolvió la sonrisa. No podía, ni aunque su vida dependiera de ello, evitar su propia sorpresa. Definitivamente no estaba acostumbrado a sonreír. Volvió los ojos hacia la ventana. La vista que se veía diferente. Se sentía diferente. No leyó el diario esa mañana, como hacía de costumbre mientras bebía su café negro. "No quiero malas noticias hoy", se dijo. Esta vez, tenía un libro sobre la mesa, lo miraba de reojo todo el tiempo pero, por alguna razón que desconocía, no se atrevía a comenzar a leerlo. Una parte de él parecía negarse a seguir cambiando.

Minutos más tarde, la camarera regresó con el pedido, y había un pedazo de la torta junto a la taza. Él la miró fijo, pero ella se las arregló para hablar primero y explicar su gesto:

- Pensé que su vida había cambiado, era algo que merecía una pequeña celebración. Y no se preocupe, la casa invita.

No podía hacer otra cosa que sonreír de nuevo. Ella se volvió hacia él mientras se alejaba y le dijo:

- Y, si no le importa que se lo diga, esa sonrisa se ve muy bien en su cara, ya era hora.

Bebió el cappuccino y, por supuesto, comió el pastel. Se decidió después de una larga conversación consigo mismo y, finalmente, se levantó y se puso el abrigo. Dejó el dinero sobre la mesa y tomó el libro. Le hubiera gustado sonreír a la muchacha una vez más, pero ella no estaba a la vista. Salió de la cafetería y se quedó en el medio de la vereda durante unos segundos, respirando hondo. Bouville no sólo parecía más brillante, también olía más dulce.

Caminó unas pocas cuadras tratando de ver si la ciudad había cambiado realmente tanto, o  sólo él. No tenía respuesta para eso, o no estaba preparado para enfrentarla. Decidió caminar unas cuadras más hacia el parque. Cada vez que se detuvo en el semáforo, miró con atención la portada del libro. Había algo en el título, pero no podía descifrar qué.

Llegó en el parque y miró a su alrededor, tratando de recordar la última vez que había estado allí. Simplemente no podía. Había llenado su vida con tantos números inútiles que no había dejado lugar para los recuerdos. La camarera tenía razón, de hecho, era hora.
Se sentó en un banco y miró el libro otra vez. El título estaba allí, gritándole. De repente, todo estaba muy claro. Salió del parque y se fue a su casa, caminando tan rápido como si la vida lo estuviera corriendo. Cerró la puerta detrás de él y se dirigió directamente a su mesa de noche. Se sentó en la cama y abrió el libro para encontrar un número de teléfono escrito en la primera página. Marcó nerviosamente, no del todo seguro de lo que iba a decir. Respondió el contestador. Estaba a punto de colgar cuando se acordó de la camarera, la torta, el parque, los números ...


- Hola, soy yo ... quería darle las gracias por el libro ... y yo ... me preguntaba si ... si quisieras tomar una taza de café conmigo ... capuchino ... llámame si quieres, ¿si? adiós.

Estaba decidido a correr el riesgo. No iba a dejar que se convierta en el título del libro. Él quería que fuera real. Se tumbó en la cama y finalmente comenzó a leer el libro. Tenía la sensación de que le iba a gustar Tomás Moro.

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