martes, 26 de noviembre de 2013

Mutar

Y decidi convertirme en piedra, como si Medusa me hubiese mirado fijo a los ojos. "Las piedras no sienten nada", pensé. Quería perder la habilidad de que todo se me clavara en el pecho como puñal y aprender a sobrellevar los silencios, las ausencias, las distancias. Quería sentarme ahí, en un rincón de la nada y someterme al libre albedrío del destino. Quería morir y reencarnar en una piedra, aún sabiendo que no es posible. "Las piedras no sienten nada", pensé.
(2007)

Hubiese sido más fácil ser piedra, sí, de seguro. De seguro no soy la única que buscó ser roca en la esperanza de creerse inmune, inmortal, inalterable. Pero ni las ellas lo logran. A veces, el agua llega calma. A veces no es un temporal de esos que arrasan con todo, convirtiéndolo en arena. A veces el agua acaricia y esculpe las piedras sin que se note y las convierte en otra cosa. Algo no tan duro como la piedra, ni tan frágil como la arena. A veces hay que dejar correr el río. Hay que arriesgarse a mutar. Porque hoy somos rocas y mañana arenas, o quizás podamos ser algo más.
(2013)

martes, 6 de agosto de 2013

Seis.

Solía ser de la gente que corre detrás de la gente. Siempre, como por reflejo. Siempre que alguien se alejaba de mí, corría detrás suyo en un afán masoquista por retenerlo. Incluso cuando eso implicaba modificarme, amoldarme, corromperme. Prefería la compañía rancia a la soledad, la presencia mentirosa de quién permanece con la intermitencia de las marquesinas. Prefería callar y aceptar y agachar la cabeza y comer de la mano mezquina del otro. Prefería dejar de ser.
Un día, de golpe, entendí que no podía culpar a quien se iba y, por sobre todo, entendí que no debía correr detrás de nadie, ni conformarme tampoco. Que no se puede mendigar el amor, qué lo que no se da, se pierde, y que lo que no se nos ofrece, no se debe rogar, que aceptamos el amor que creemos merecer. Y que a veces, creemos mal.

viernes, 31 de mayo de 2013

Ir(se)

Supongo que para algunos es más fácil exiliarse. Irse. Chau. Ni siquiera molestarse en dar un portazo como de aviso. Irse nomás, sigilosamente, como entre sombras. Desvanecerse, digamos. Irse sin dejar una nota, una dirección donde escribir, sin rastro alguno, sin una miga de pan en el camino, como Hansel y Gretel. 
Supongo que no mirar atrás es parte de la estrategia. No fijarse quién queda. No detenerse a ver si hay alguien escondiendo una lágrima, ensayando una mueca de olvido, finjiendo entender razones, quedándose inmóvil mirando el tren irse, al borde del andén.
Supongo que es más fácil ejercer el olvido selectivo. Hacer como que "aquí no ha pasado nada". Borrar, arrancar páginas. Eso. Pasado pisado, borrón y cuenta nueva. 
No es fácil para quien se queda. NO. No es fácil verse las manos llenas de silencios, no es fácil quedarse con el abrazo inconcluso. Quien se queda rara vez olvida. Y, de alguna manera, sin que yo haya despegado los pies del andén, volvimos a lo que una vez fuimos: extraños.

jueves, 23 de mayo de 2013

Era hora

Se sentó en la misma cafetería, una vez más, como todos los otros día. Pero por alguna razón, la ciudad parecía más brillante. Estaba mirando por la ventana cuando la camarera se detuvo junto a él.

- ¿Lo de siempre, señor?
- Sí ... Espera ... no, mi vida acaba de cambiar, así que bien podría también cambiar mi pedido... capuchino, por favor.
- Ya se lo traigo.

Ella le sonrió y él le devolvió la sonrisa. No podía, ni aunque su vida dependiera de ello, evitar su propia sorpresa. Definitivamente no estaba acostumbrado a sonreír. Volvió los ojos hacia la ventana. La vista que se veía diferente. Se sentía diferente. No leyó el diario esa mañana, como hacía de costumbre mientras bebía su café negro. "No quiero malas noticias hoy", se dijo. Esta vez, tenía un libro sobre la mesa, lo miraba de reojo todo el tiempo pero, por alguna razón que desconocía, no se atrevía a comenzar a leerlo. Una parte de él parecía negarse a seguir cambiando.

Minutos más tarde, la camarera regresó con el pedido, y había un pedazo de la torta junto a la taza. Él la miró fijo, pero ella se las arregló para hablar primero y explicar su gesto:

- Pensé que su vida había cambiado, era algo que merecía una pequeña celebración. Y no se preocupe, la casa invita.

No podía hacer otra cosa que sonreír de nuevo. Ella se volvió hacia él mientras se alejaba y le dijo:

- Y, si no le importa que se lo diga, esa sonrisa se ve muy bien en su cara, ya era hora.

Bebió el cappuccino y, por supuesto, comió el pastel. Se decidió después de una larga conversación consigo mismo y, finalmente, se levantó y se puso el abrigo. Dejó el dinero sobre la mesa y tomó el libro. Le hubiera gustado sonreír a la muchacha una vez más, pero ella no estaba a la vista. Salió de la cafetería y se quedó en el medio de la vereda durante unos segundos, respirando hondo. Bouville no sólo parecía más brillante, también olía más dulce.

Caminó unas pocas cuadras tratando de ver si la ciudad había cambiado realmente tanto, o  sólo él. No tenía respuesta para eso, o no estaba preparado para enfrentarla. Decidió caminar unas cuadras más hacia el parque. Cada vez que se detuvo en el semáforo, miró con atención la portada del libro. Había algo en el título, pero no podía descifrar qué.

Llegó en el parque y miró a su alrededor, tratando de recordar la última vez que había estado allí. Simplemente no podía. Había llenado su vida con tantos números inútiles que no había dejado lugar para los recuerdos. La camarera tenía razón, de hecho, era hora.
Se sentó en un banco y miró el libro otra vez. El título estaba allí, gritándole. De repente, todo estaba muy claro. Salió del parque y se fue a su casa, caminando tan rápido como si la vida lo estuviera corriendo. Cerró la puerta detrás de él y se dirigió directamente a su mesa de noche. Se sentó en la cama y abrió el libro para encontrar un número de teléfono escrito en la primera página. Marcó nerviosamente, no del todo seguro de lo que iba a decir. Respondió el contestador. Estaba a punto de colgar cuando se acordó de la camarera, la torta, el parque, los números ...


- Hola, soy yo ... quería darle las gracias por el libro ... y yo ... me preguntaba si ... si quisieras tomar una taza de café conmigo ... capuchino ... llámame si quieres, ¿si? adiós.

Estaba decidido a correr el riesgo. No iba a dejar que se convierta en el título del libro. Él quería que fuera real. Se tumbó en la cama y finalmente comenzó a leer el libro. Tenía la sensación de que le iba a gustar Tomás Moro.

Soltar

"El yeite está en soltar", dicen. JA. Como si fuera tan fácil. Como si fuera igual a abrir la mano y dejar que el globo vuele libre y quedarse inmóvil, pies en tierra, viéndolo alejarse hasta volverse invisible. No. No es fácil soltar. La sola idea de hacerlo provoca que, por reflejo, apretemos todavía con más fuerza el hilo. Si de casualidad tenemos un rapto de coraje y conciencia como para abrir la mano, inmediatamente salimos a correr tras el globo, como si creyéramos que van a crecernos alas y lo vamos a alcanzar. Nunca es fácil soltar. Soltar puede equivaler a volver a saberse solo, a reconocerse en singular. Soltar a veces es perderlo todo. Soltar siempre da miedo. Pánico incluso. Imaginar el globo volviéndose un puntito allá a lo lejos paraliza. Pero a veces hay que hacerlo. Quién te dice, un día salís al balcón y ahí está: el globo. Quién te dice te das cuenta que hiciste bien en abrir la mano. Quien te dice, ves, clarito como nunca antes, que no lo querés soltar. No. El globo es tuyo, querés que lo sea, te lo querés quedar. Cualquiera de todas esas opciones, te va a servir de algo. Soltá, o apretá más fuerte, pero hacé algo. Nunca nadie tuvo un globo por pensar "qué pasaría si..."

martes, 21 de mayo de 2013

Quizás.


Quizás lo mejor que puede pasarnos es vernos obligados a reformularlo todo. TODO. A mover todo lo que nos rodea,  a reorganizar todas las piezas en el tablero, después de que alguien lo haya pateado por los aires. 
Quizás lo mejor que puede pasarnos es que los abran los ojos de par en par, a la fuerza, que nos hagan conscientes de que esto es ésto y no otra cosa. Que no hay amigos del todo tan fieles, ni príncipes azules, que no hay héroes como en los dibujos animados. 
Quizás lo mejor que puede pasarnos es oler el vacío, sentir el fin del mundo en la punta de la nariz, pensar seriamente que pasaría si todo lo que hoy es, dejara de serlo; pensar qué piezas en ese tablero son fundamentales para ganar la partida, pensar estratégicamente como moverlas. 
Quizás lo mejor que puede pasarnos es dejar de buscar nuestro reflejo en espejitos de colores, reconocer cada imperfección y cada falla, y saber que somos quienes somos a pesar de ellas.
Quizás lo mejor que puede pasarnos es hacer carne esa frasecita que dice que "aceptamos el amor que creemos merecer" y esa otra que dice que "somos lo que amamos, no quien nos ama". 
Quizás lo mejor que puede pasarnos es saber que venimos al mundo solos, y nos vamos igual, y aprender a valernos por nosotros mismos sabiendo siempre que, como dice Don Eduardo, "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". 

Me voy a morir así.

Me voy a morir así. Beligerante en tiempos de guerra, amante en tiempos de paz, nunca parte del bando de los tibios. Sin comer jamás de la mano del enemigo, sin importar el hambre. Sin hacer concesiones con mis ideas, sin negociar ni un tantito así la realidad. Sin agachar la cabeza ni pedir perdón por decir las cosas que pienso. Respetando siempre la visceralidad que rige cada una de las decisiones que tomo, sin lavar lo que me queda de rojo, sin levantar los dedos en v. Los que se camuflan son los que tienen miedo. No voy a intentar cambiarme para entrar en los esquemas de nadie, y seguiré caminando con esta misma personalidad que tanto repudian algunos, esa que me regalaron los que quisieron hacerme mierda, y lograron sólo endurecerme un poco más. Defenderé de la que venga a quien camine al lado mio, y no habrá justicia para quien vaya apuñalando por atrás. Me seguiré manejando con esta sinceridad que tanto le molesta a los hipócritas, a los que no dan derecho a réplica porque temen que aflore la verdad. Pediré perdón las veces que me haya equivocado y batallaré hasta el final las veces que sepa que tengo razón. Le pondré el cuerpo y el alma a cada causa que crea justa, y el pecho a cada bala de los que mienten para ganar. A medias, nada. Con el corazón, todo. Va a ser como dice Silvio: yo me muero como viví. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Sobre (todas las) Marita Verón

La Justicia sienta un precedente que nos deja a todas las mujeres solas, desamparadas, en la boca del lobo, en la puerta del olvido. Le dice a Marita Verón que su vida no vale nada. Le dice a los hijos de puta que nos secuestran y nos venden que está bien, que pueden hacerlo porque no pasa nada. Nos dice a nosotras que no esperemos que nos protejan o que nos defiendan, que no pidamos un proyecto de ley de trata porque parece no ser prioridad. Le dice a Susana Trimarco que luchó 10 años contra el monstruo imbatible de la impunidad, y que fue una ingenua por creer que le iba a ganar. Le dice a Micaela Verón que si quiere buscar, lo va a tener que seguir haciendo sola. Le dice a tu mamá, a tu hermana, a tu novia, a tu hija, que no valen nada, porque son mujeres, porque la sociedad machista y patriarcal en la que vivimos las considera menos. Le dicen a todas las chicas que atestiguaron que su palabra vale menos que la plata que pusieron los acusados para librarse de ir en cana. Me dice a mi que me trague las lágrimas y tenga cuidado en la calle, y que deje de arrancar papelitos de prostíbulos porque no hay forma de parar la mafia de la trata de personas.
Pero mientras la justicia siga diciendo todo eso, siempre habrá una mujer gritando ¡BASTA!
Realmente no creo que las personas sufran de pérdida de memoria selectiva. Ahí es cuando me pregunto como es que yo recuerdo cosas que son muy evidentes y los demás no. Quizás sólo lo sean para mí. Quizás sea cierto eso que me dijeron una vez de que yo no tengo paz. En realidad lo que tengo es memoria. A veces creo que las relaciones humanas son como tantas otras cosas que se rompen y uno con todo el empeño del mundo las pega para no perderlas. La rajadura sigue estando ahí, como las cicatrices.

Hablamos de algo más


Los veredictos se pronuncian en contra y las palabras caen como pulgares en la Antigua Roma. Alguien dice que no y define un destino, un futuro. Alguien elige por alguien más. Alguien traza una línea imaginaria que divide aguas a favor y en contra, cuando en realidad no se está a favor del aborto, sino que se pide a viva voz su despenalización. Parece increíble que aún en los tiempos que corren tengamos que remarcar esa diferencia.

Aquellos que sostienen ser pro-vida, parecen hacer oídos sordos a las cifras de muertes por abortos clandestinos. La contradicción se hace carne en cada mujer que no puede optar, que no es dueña de un cuerpo donde ahora mandan las leyes y los salmos. Los preceptos moralistas impiden ver más allá de la dialéctica de la vida y la muerte, y evitan que entendamos que cuando los emperadores del hoy hablan de “aborto”, las gladiadoras de hoy, hablamos de muchas cosas más.

Hablamos de permitir a todas y cada una de las mujeres decidir sobre su vida y su cuerpo. Hablamos de la posibilidad de elegir como y cuando tener un hijo para poder, de ésta manera, garantizarle todo aquello que necesite. Hablamos de la igualdad de oportunidades para todas las mujeres, cualquiera sea su clase social, de realizarse una intervención en condiciones de seguridad y salubridad. Hablamos del acceso a la educación sexual integral para todos los jóvenes y en todo el país, para arrancar de raíz el drama de los embarazos no deseados y, entonces, la necesidad de abortar.
Hablamos de una legislación que por fin sortee el obstáculo de la religión y la opresión que ésta representa desde los tiempos de Eva. Hablamos del respeto por la mujer y sus derechos, hablamos de ponerle fin a la objetivación del cuerpo, hablamos de libertad.

Para Sembrar Fanzine

Revolución(arte)


Estamos acostumbrados a esa visión común que encasilla al arte como una actividad meramente estética, decorativa. Pero si ampliamos esa visión podemos encontrar en el arte una capacidad enorme de comunicar y transformar la realidad, el mundo. Muchas veces, cuando la historia parece perdida en el pasado, condenada a ser olvidada, el arte es una especie de testigo, de registro invaluable que nos permite reconstruir aquello que el paso del tiempo parecía haber desterrado. Muchas otras veces, cuando el testigo es el hombre y los métodos convencionales de transmitir ideas parecen inútiles, el arte resulta ser un eficaz mensajero.
Un artista argentino dijo una vez que “El arte, no puede ni debe esta desligado de la acción política y de la difusión militante y educadora.” Y nos sobran ejemplos: las canciones de Silvio Rodríguez, de John Lennon, el Guernica de Picasso y la obra de Berni, los graffitis de Banksy, la poesía de Nicolás Guillén. Todos estos “artistas” utilizaron sus producciones como armas, como mensajes, como posibilidades de llegar a la gente por otra vía. Buscaron movilizarnos, contarnos la historia desde otro punto de vista, modificar nuestra manera de enfrentarnos con la realidad y de actuar sobre ella.
Cuenta una anécdota que, mientras Francia era ocupada por los nazis en 1940, un oficial alemán de pie frente al Guernica, le preguntó a Picasso, si él era el autor de esa obra, a lo que el pintor respondió sin rodeos: “No, lo hicieron ustedes.” 
El arte es mucho más que una expresión personal, más que una demostración de talento. Toda obra, toda labor artística es hija de quien la crea y del momento histórico que esa persona vive.  
Por eso, cada vez que nos detengamos a mirar un cuadro, una película, a leer un libro, a escuchar una canción, tomémonos el tiempo para ir un poco más allá, para buscar debajo de los colores, las letras y las notas, la vida que vivían y el mundo que habitaban quienes los realizaron. Permitámonos descubrir cuando más hay en el arte, cuantas cosas quedan sin decir si no buscamos nosotros el mensaje, a veces tan claro, y otras veces, invitándonos a interpretar la obra y, a través de ella, la realidad.

Para Sembrar Fanzine

Insomnio

La noche se devela incomoda. Otra de esas tantas noches con el mismo denominador común: el insomnio. Se vuelve casi una costumbre, una de esas cosas innecesariamente crónicas. Y a veces se vuelve excusa, se vuelve momento propicio para hacer, cuando nadie se da cuenta, eso que todo el mundo me dice que no haga, se vuelve tiempo para pensar en vos. 

Sos una causa prescripta. El final del dolor que llega de la mano de este enojo merecido y necesario. Las tapas se queman en su orden lógico. La herida que comienza a cerrarse para convertirse en prueba eterna de que amar, muchas veces, lastima. La frente en alto y el deseo de hacer de tu recuerdo un error del cual se aprende. El foco en mí. Y nada más en vos. Nada más.

Es ese momento y nada más. Como si el tiempo se detuviera cual película. Todo se resume en ese instante en el que uno se encuentra a si mismo despierto y vivo. Uno sospecha que finalmente las estrellas se han alineando a su favor y recuerda todas las veces que maldijo su suerte. Pero no se convence. Y entonces mira para atrás intentando ver como fue que llegó al punto en el que se encuentra ahora, tratando de encontrar el hilo conductor que le de lógica a lo que sucede. Como si en la vida fuera fácil encontrar la lógica de las cosas. De repente la más sabia de todas las ideas golpea a la puerta: "esta vez hay que mirar para adelante."

Pseudodioses


Algunos de nosotros, con el paso del tiempo y con inteligencia, aprendimos a rechazar la hipocresía, la ortodoxia y los dogmas y, por ende, la religión. Pero paralelamente, y con la misma inteligencia, salimos a buscar incansablemente la verdad y todas historias que no nos contaron en la escuela y asi, paradogicamente, nos volvemos politeistas, adoptamos un conjunto de "pseudo-dioses" particulares y sin rosarios ni diezmos, les permitimos que nos guien. Y allá van, Néstor, Hugo, Ernesto, Fidel. Y los seguimos en eterna peregrinación.

Ya ves.


En algún momento, imposible de ser marcado con una cruz en el calendario,
el universo que habito sufrió un simbronazo. Y cambió. Quizás no fue un solo momento,
quizás fueron varios, varios pequeños sismos que lo modificaron todo.

La verdad es que cierto día, el amanecer me encontró una vez más intranquila y despierta
y abrí el diario. Todas las noticias eran malas. Se había caído la Habana,
había ardido Lacandona, Marcos había abandonado, Guevara ya no iba a volver.
Nos habíamos quedado sin dueño. Habían muerto nuestro héroes y con ellos nuestra
voluntad de realizar proezas que pudiéramos narrarle a las futuras generaciones.
Nos habíamos cansado de ser hombres y de nuestra inherente condena a ser libres.
Lo habíamos perdido todo. Habíamos sido abandonados
sin más equipaje que un montón de pesadillas de barcos y naufragios desvelando cada sueño,
habíamos quedado varados del lado erróneo de la frontera.

Así. con el inexorable paso del tiempo, todo fue reducido a cenizas,
y no hay aves fénix sobrevolándonos que nos den la esperanza de una posible resurrección.
Levanté la vista al cielo que se tornaba cada vez más gris y
podía asegurar que se divisaban cuervos.
Es muy difícil conservar la fe cuando te das cuenta que no podés ver
más allá del horizonte. Es imposible existir si nadie te está mirando.
Creo que nos quedamos solos.

Creo que estamos perdidos.

Mancha fantasma


Es ese instante en el que se me nubla la vista, me tiemblan las piernas, me quedo sin voz. Es un segundo, y es una vida. Es ese momento tan fugaz como eterno en el que se cruzan las miradas. Es todo y la nada misma. Es saberme esclava eterna de vos y de tu presencia/ausencia tan interminable y agónica que parece no querer abandonarme jamás. Otra vez estas ahí, estoy ahí. No, no sé por qué. Sólo sé que estoy. Y sé que probablemente ya no debería estar. Pero para no perder mis costumbres vuelvo a los lugares de siempre, esperando verlo todo igual, pero es siempre todo tan distinto. Y juego a seguir adelante, juego a que no me importa, juego a la mancha con nuestro fantasma, y pierdo siempre yo.

Rompecabezas


Recolecto pedazos de vos, partes de tu vida, piezas del rompecabezas que lleva tu nombre en mi afán de entenderte. Junto unas cuantas y las reacomodo de mil formas diferentes pero nunca se completa. Siempre faltan algunas; y sé que, sin importar cuantas veces reanude mi incesante búsqueda, no las voy a encontrar. Tengo una teoría que dice que las escondes vos, en un desesperado intento de evitar que te conozca más allá de lo que me dejas ver. Pero tengo también otra teoría que dice que quizás algún día entiendas que todas estas piezas, las tuyas y las mías, podrían encajar a la perfección si las juntáramos, y ahí si, el rompecabezas estaría completo.

All I really want is some patience

La vida nos hace sufrir de sobremanera. Pero hay un momento tan devastador que debe atravesarse cual suelo con espinas. Es el momento en el que uno se siente prescindible, siente que no hace falta, y comienza a preguntarse si no será que en realidad está sobrando. Es el momento en el que ahoga las palabras propias con agua salada y las palabras ajenas parecen desvanecerse en el viento. Es el momento en el que uno encuentra en su cabeza una imagen mental de si mismo, parado en una esquina al azar, con el corazón en la mano y sin saber que hacer con el. Es el momento en el que uno intenta decidir si rendirse o esperar. Es el momento en el que uno se llena de bronca, de violencia. El momento en el que uno espera ese abrazo que jamás llega y se astilla por dentro con cada caricia rechazada. Es el momento en el que uno, con las fuerzas que le quedan en el alma, ruega estarse equivocando y que la paciencia, finalmente, rinda sus frutos. 

Deja vú

Mentiría si dijera que no quería verte, que no te busqué. Confieso que recorrí la habitación con los ojos bien abiertos esperando encontrarte; con esa mezcla de esperanza y miedo como tantas otras veces. De repente estabas ahí, en los rostros de todas esas personas que no son vos, pero hubiese querido que si lo fueran; en todas esas cosas que disparan recuerdos tan intactos que uno podría creerse pasajero de la máquina del tiempo. Pero no, ellos no eran vos, vos no estabas ahí. Y una vez más, esto de buscarte y no encontrarte se convierte en dejá vu.
Éste es el tiempo en el que todos los rostros se parecen, y todas las voces suenan igual a esa voz que ya no se oye. El tiempo en el que cada rincón guarda un recuerdo y la mentira se esconde bajo el suelo cual corazón delator. El tiempo en el que nos hacemos de silencios como garantía contra el dolor. El tiempo en el que elegimos ser ciegos y seguir fingiendo que nada pasó.

Mutuamente

Es que quiero encontrarte. No, quiero que nos encontremos. Uno al otro, mutuamente. Pero no vos y yo, así. No quiero que nos encontremos en cuerpo, quiero que nos encontremos en alma. Sin rostros, sin voces. Sin todas esas dagas que absurdamente llamamos palabras. Que seamos almas, eso. Almas que no saben de nombres ni de máscaras, ni de esos inútiles personajes que nos creamos para ser nosotros mismos sin que se note. Almas con el dolor al aire, con la verdad a flor de piel, con el miedo entre las manos, listos para liberarnos de eso. Uno al otro, mutuamente.

Something to believe in


Esta vez ya no somos vos y yo. Esta vez, por primera vez conciente y con certeza, somos tan sólo yo y tu fantasma, las pocas cosas que quedan de vos. Somos sólo yo y esa imagen tuya que me creé una y mil veces para verte como yo te queria ver. Esa imagen que era copia fiel de la mejor de tus versiones, esa que hace tanto volviste a vestir, y desvestiste antes de que pudiera abrir los ojos. Esa imagen que llevo conmigo cual estampita de santo porque es así, aun en mi ateismo, y mas aun todavía en mi soledad, necesito algo en que creer.
Cerrás los ojos y sentís que algo te quema. Los abrís y entendés exactamente qué es lo que está pasando. Hacés un esfuerzo inhumano por no pestañear. Sabés lo que pasa si lo hacés. Sabés que empezarían a correr una tras otra como queriendo ganar una carrera. De repente todo se convierte en un montón de sal. Y de silencio. Alguien rompió el reloj de arena.

Que se apiaden los dioses

Que se apiaden los dioses, que nos dejen ser, que se corten los hilos imaginarios del tiempo, que se suelten las amarras que nos sostienen como barco en puerto. Que nos devuelvan el libre albedrío, la paz, la razón. Que el destino deje de usarnos como peones de ajedrez, que nos dejen escribir nuestros finales y, sobre todo, nuestros principios. Que nos entreguen las utopías, que nos conviertan, de vez en cuando, alguna en realidad. Que nos muestren por donde ir sin empujarnos, que dejen huellas sobre las cuales caminar. Eso, que se apiaden los dioses.

De la terquedad de los hombres

Hablemos de la terquedad de los hombres, de la gente que se jacta de tener la perseverancia como virtud, como una especie de don de los dioses, de los que siempre vivieron al pie de la letra el "persevera y triunfarás", de los que militan en el bando de que los que creen fervientemente que la esperanza es lo único que se pierde y se autoconvencen de que, eventualmente, algo tiene que salir bien.
Hablemos de los que jamás se permiten rendirse, de los que jamás emprendieron la retirada, sin importar si el enemigo los doblaba en número y fuerzas, de los que eligieron quemar las naves en lugar de volver a casa, de los que se juegan el todo por el todo, incluso cuando saben que jamás ganarán nada.
Hablemos de los que se desvelan planeando tácticas y estrategias para llegar ahí, a donde se proponen, a conseguir eso que siempre les dijeron que no podían tener.
Hablemos de la valentía cabeza dura, ciega, sorda e inquebrantable, de los pasos dados sin mapa ni buenos augurios, de los espejismos de agua en los desiertos del tiempo.
Hablemos de los utópicos, lo que siempre siguen y dan un paso más allá.

Lado A

La vida como un gran tablero de ajedrez,
la gente que es realmente como vos no la ves.
La calma que nos gana siempre a las escondidas
no mirar el cielo ni una sola vez.
La vida corriendo siempre delante de uno,
el polvo en los ojos, el alma en los pies.
La ansiedad tan fiel nos lleva de la mano,
el silencio necio, el discurso cruel.
El inevitable encuentro, al fin, con uno mismo,
las pocas fuerzas para sostenerse en pie.

El flagelo eterno del final en blanco,
las deudas de lo que quedo sin hablar.
La mentira de creer que ya lo hicimos todo,
la conciencia de que pudimos haber hecho más.
Los errores repetidos, las faltas a la verdad.
Las ganas de irse lejos con el viento,
la voluntad de nunca mirar para atrás.

Sesión

Nada más que silencio. Eso. No hay nada más. Vaya uno a saber por qué. Nada me violenta más que las cosas que no entiendo. Soy una desesperada buscadora de sentidos. Supongo que tendrá que ver con esa arraigada teoría de que si no entiendo, no cierra; y si no cierra queda ahí, siempre, a la altura de las cuerdas vocales. Te apreta, viste? Como si te quisiera dejar mudo. Ah, sí, otra vez el asuntito este del silencio.

Alguien muy sabio me dijo que "hay gente que no puede manejar que alguien los acepte." Puta madre digo yo. ¿Será que es algo intrínseco del ser humano esto de levantar muros? Pero ahí está el tema, una vez que te levantaron el muro, chau. Claro que podés elegir hacerte el valiente y tratar de saltarlo, pero qué sé yo. A veces uno tiene ese debate interno entre las ganas de algo y su amor propio y dice "bueno, hasta acá llegué". Igual, el autoconvencimiento y la resignación como que no arreglan mucho nada. Todavía tenés esa misma sensación horrenda de perro mojado que lo dejaron afuera para que no embarre el piso. Y vos ahí, de lado de afuera mirando por la ventana, pensando "no entiendo, no me cierra".

Yo le decía a esa persona que era todo ridículo, como sufrir por que se rompió un jarrón que ni siquiera habías comprado. Y que hay una canción que dice que es difícil bailar con el diablo sobre la espalda, que hay que sacárselo de encima. Me dijo que, en realidad, soy yo la que le pone la espalda al diablo. Y ahí, clarito como el agua, te meten el dedo en la llaga y de repente el eje está en vos y te tenés que hacer cargo. Y yo pienso que quizás tengo más de un diablo encima, que quizás el diablo, en realidad, soy yo.  

Deseos

Ya no puedo desear que seas feliz. No quiero para vos victorias ni rosas. No quiero golpes de suerte. No quiero abriles ni primaveras. No puedo desear que estés bien, dondequiera que estés. No quiero paz ni silencios ni sueños felices en cada una de tus noches. No quiero abrazos ni deseos cumplidos. Sólo quiero para vos, todo lo que vos deseaste para mí.

[...]

Que sea como dijo mi amigo: "todo se agota en las palabras"... que más allá de ellas no haya nada, que la interpretación libre y la lectura entre líneas sean declaradas anticonstitucionales, que todo muera ahi... en la boca del que las dice, las miente, las grita, las muerde, las escupe, las calla.

Ansiedad

Dominar la ansiedad es un arte digno del Louvre. Realmente.
La ansiedad debe ser el enemigo más temido de la paz mental,
como una especie de monstruo hecho de tiempo y de sal,
de recuerdos y de relojes.
Es discutir constantemente uno con su propio reflejo.
Es volverse obligatoriamente ingenioso para encontrar maneras
de llenar los días, las horas, las semanas.
Es tener la constante sensación de los sueños, esos en los que
uno corre desesperadamente sólo para encontrarse siempre en el mismo lugar.
Es odiar con el alma los consuelos tontos de aquellos que
no entienden justamente porque no esperan.
Es llenar miles y miles de renglones para decirle al papel
lo que uno no puede decirle a esos oídos a los que quisiera gritar.
Es saber de memoria todas y cada una de las marcas del techo sobre la cama,
fiel testigo de los insomnios que acechan noche tras noche.
Es esquivar lugares, saltear canciones, evitar gente.
Es creerse capaz de escapar de todo aquello que nos haga acordar
a eso que nos genera esa maldita ansiedad para de repente detenerse
y entender la más cruda de las realidades: de tu propia cabeza no podés escapar.

Cuando llegás hasta ahí, cuando te das cuenta que el único que alimenta
el monstruo sos vos, capáz, con suerte, le dejás de temer.

YO soy.

Yo soy. Yo soy quien se pone a si misma en el rincón del olvido. Me olvido de mí. Me borro, me desaparezco. Me amputo el alma, me arranco el corazón con las manos sucias. Me dejo atrás y sigo sin mí. Me torturo sin piedad, sin el tiro de gracia. Me guardo en un cajón y pierdo la llave. Me mantengo en vela, me desmayo, y orquesto mi incesante pesadilla. Me ahogo, me corto la respiración, la voz, las venas.

Silence

Los silencios que elijo y las palabras que quiero gritar. Todo está ahí, en el techo de mi boca, en la punta de mi lengua. Cientos de verdades y preguntas sin pronunciar. Pero me callo. Me vuelvo irremediablemente cobarde, y me callo. Busco justificarme y me digo en voz alta que "quizás la duda sea mejor que la certeza". Me equivoco. Vuelvo a escudarme en mi inútil silencio. Me vuelvo a equivocar.

De los discursos y los silencios.

Ella parece no poder quedarse quieta, y se desvive en un sinfin de gestos y ademanes. Dice que no se vive de silencios, que no se puede andar por la vida callando cosas, atragantándose con palabras, que todo eso que uno no dice se termina echando a perder adentro de uno. Y se enoja. Se desespera y eleva el tono de voz cada vez más, como queriendo asegurarse que el silencio jamás irá a la par suya.
El la mira, y sigue sin emitir sonido alguno. La sigue con la mirada a cada paso, registra cada gesto suyo. Ella jura no comprender a aquel que calla, porque si uno calla las ideas no se transmiten, y uno no logra ser comprendido y es así como se pierde todo. Y detrás de cada una de sus palabras nace otra, inmediatamente, sin dejando lugar para respirar siquiera.

Justo ahí, él logra lo imposible: la hace callar.

La historia dirá después que el discurso más fervoroso en contra del silencioso fue exitósamente silenciado.
Lo callaron con un beso.

Y si voy, sacudeme

El sol del martes caía y él intentaba decifrar qué me pasaba. La verdad, ni yo lo sé. Jugamos al psicoanálisis un rato. Urgamos entre miedos y costumbres, buscamos respuestas en canciones y poesías. Pero nada, la realidad es tan esquiva como uno mismo, cuando no quiere encontrarse. Imaginamos escenarios a futuro con los pies puestos en hoy. "Se ve borroso", le dije.

Le debo un gracias. Gracias por la honestidad brutal, digo. Esa que a veces escasea justo cuando uno más la necesita. Gracias por las cosas que el dice que nunca antes dijo, pero las dijo para mí, para sacudirme a 160 km por hora.

A veces no se alinean los planetas, y nos perdemos un poco. Pero que bueno cuando podemos encontrarnos, y paramos el reloj y la vida para rescatarnos un poco mutuamente de la vorágine y de su fastidioso opuesto. Prometamos encontrarnos otra vez pronto, amigo, en algún rincón de este incomprensible universo.

Lacandona

A veces los principes son de otro color, a veces Cenicienta da el primer paso, a veces no hay siquiera finales, a veces todo recién empieza, a veces no hay tiempo ni espacio, a veces el universo se resume en un sólo lugar, a veces hablan los ojos, a veces la vida llega sin avisar, a veces florecen las cosas, a veces nos convierten en islas, a veces nos convertimos en selva.
A veces es hoy, y acá.

Cuento

Ella era autoproclamada reina del imperio de los corazones rotos. La última guerra había devastado su territorio y había decidido protegerlo de cualquier posible nueva invasión extranjera. No había lugar para conciliaciones, pactos ni políticas exteriores. Hubiese amurallado su palacio con la Gran Roma de haber podido. 

El, por su parte, jugaba a ser una especie de guerrero sin más flechas que sus propias palabras, con la vida misma como escudo. Todo aquel que lo hubiese escuchado hablar, recordaría haberlo oído jactándose de su maldad, de su semejanza con aquellos mercenarios de Cartago. Sin embargo alguien, alguna vez, supo ver en él el romanticismo revolucionario de aquel hombre de Lacandona.

Un helado día de invierno, vagando llegó al imperio, y en una de sus esquinas se encontró con ella.

- quieta ahí, tus labios o la vida- sentenció.



Cuenta la historia que la reina conservó la vida. Pero no el corazón.

De las manchas de los tigres

A nosotros, los que coleccionamos ausencias y errores, nunca nos sirvió de mucho el consuelo ese de las manchas de los tigres. Uno quisiera cambiar de rubro, empezar a juntar estampillas, o ser como ese tipo que contó una vez que coleccionaba los naipes que encontraba tirados por la calle. Pero, muy por el contrario, nosotros seguimos juntando noches insomnes y atados de cigarrillos vacíos, y el olor a humo impregnado en las cortinas nos recuerda a cada respiro que tenemos una mancha más. Mientras tanto, nosotros seguimos caminando mirando el suelo por si aparece algún naipe, o esperando las estampillas de las cartas que nunca llegan. Nosotros ya perdimos la cuenta de las manchas. Y vaya uno a saber por qué sigo diciendo "nosotros", si bien sabemos que sólo estoy hablando de mí.

My way

Permanecí unos minutos mirando mis pies y tuve la revelación más dolorosa y clara de todas. Soy una simple mortal. No puedo dormirme en manos de los dioses ni entregarme a la voluntad de un oráculo. No tengo el tiempo de mi lado. No soy eterna ni invencible. No puedo sentarme pacientemente a esperar que las cosas pasen. Debo dirigir mi propia obra de teatro. Quizás nuestros destinos estén escritos, pero prefiero pensar que no, y forjar el mío, a mi manera.

La ceguera y la magia

Somos ciegos por opcion y propia voluntad. Estratégicamente ciegos, digamos. Elegimos las cosas que queremos ver con un cuidado quirúrgico y las pintamos con el más invisible de los colores. Y no es casualidad que hagamos, así, desaparecer verdades como por arte de magia. Debe ser, sin dudas, el modo más improductivo de buscar la felicidad. ¿De qué sirve usar la magia para hacer desaparecer cosas? La magia no genera el olvido, la magia no mata el amor.

Cientos de miles de silencios

Cientos de miles de silencios. Uno por cada día de la semana, por cada hora del día. Uno por cada laguna artificial que intento inundar en mi mente buscando olvidar y no puedo. Uno por cada paso que trato de dar al costado y puedo menos. Uno por cada vez que digo que voy a rendirme y sé que me estoy mintiendo. Uno por cada pregunta sin contestar. Uno por cada abrazo partido por la mitad. Uno por cada regreso inconcluso. Uno por cada soledad obligada. Uno por cada vez que dije basta y pedí más. Uno por cada uno de nosotros, los de entonces, que no somos los mismos.

Piedras

'Y decidi convertirme en piedra, como si Medusa me hubiese mirado fijo a los ojos."Las piedras no sienten nada", pensé. Quería perder la habilidad de que todo se me clavara en el pecho como puñal y aprender a sobrellevar los silencios, las ausencias, las distancias. Quería sentarme ahí, en un rincón de la nada y someterme al libre albedrío del destino. Quería morir y reencarnar en una piedra, aún sabiendo que no es posible. "Las piedras no sienten nada", pensé.

Males

El hombre y su estéril mea-culpa. El hombre y su fértil proyección de errores. La paja en el ojo ajeno. El incómodo efecto espejo y ese otro que es todo lo que uno no quiere ser,pero tanto se parece a uno. El miedo a ver las propias fallas. El terror a reconocerse imperfecto. El síndrome de creerse más. El hipócrita y su dedo acusador. La eterna vigencia del doble discurso. La falsedad como moneda corriente. El injusto juicio de quien dictamina sin conocer. La supremacía absurda de los que se creen dioses. La cobardía hecha arrogancia.

Phoenix

Podría decir sin temor a equivocarme que hoy asisto al desmoronamiento de mi vida. El mundo como hasta hace poco lo conocía comienza a caerse poco a poco. El templo que me mantenía a salvo ya no se ve igual. Todo tiembla, nada está en calma. Se cierran de golpe las ventanas, estallan los vidrios. Levanto mi cabeza y veo las grietas en el techo. Las veo hacerse cada vez más profundas. Ya no hay círculo de sal que me proteja. Todo parece haberse convertido en una cacería de brujas. Hay persecuciones incansables y hogueras que no dejan de arder. Pero nadie me ve a mí. Me vuelvo intermitente, casi invisible. Y justo cuando estoy a punto de dejarme aplastar por el derrumbe, me doy cuenta de que ésta no es la primera vez que el templo tiembla desde sus cimientos. Y me recuerdo a mí misma que soy mucho más valiente de lo que muchos otros creen. Mi fuerza sigue estando en mí. Recuerdo que soy sobreviviente de cientos de otros terremotos. Yo puedo, con mis propias manos, sostener las paredes de este templo. Y si algún día es necesario, volverlo a construir desde sus escombros. Si, como el mismísimo ave fénix.

Fear itself

Hay veces en la vida en las que uno busca desesperadamente el silencio, el freno de mano que pare el mundo de golpe. Pero no lo encuentra, y la vorágine diaria hace estragos con la poca paz interna que a uno le queda. Que tenés que hacer terapia, que te olvides de eso, que hablando se entiende la gente, que necesitás vacaciones, que es tiempo de hacer cambios. Bla bla bla. Todos hablan, nadie escucha. Todos tienen recetas magistrales que, al final, no curan nada. Mientras el frenesí de la gran ciudad continúa su inmutable marcha, yo busco una salida sin demasiado éxito. Me ahogo en la mitad del vaso vacío y tacho cosas en listas y días en almanaques. Y sigo. Casi por inercia, o quizás por costumbre, la cuestión es que sigo. A veces creo que tengo miedo de parar. Tengo miedo de que me sobre el tiempo. Tengo miedo de pensar.

Creo que, en realidad, tengo miedo de mi.

Hay veces


Hay veces que pensas y otras que no
que tu alterego le escapa a la razón
que aquel que escribe con tus manos no sos vos
ya no sos rey, no sos esclavo ni bufón
sos solo presa inmóvil de lo incierto
y el personaje en lo absurdo de este cuento
al que le das con laureles un final
que algún lector con mentiras va a alterar
y se descubre entre líneas que callabas
y quedan pocas paginas por arrancar.

Descripción

El tiempo muerto. El mundo quieto. La noche eterna. Los espacios vacíos. Los sueños borrosos. Los recuerdos intactos. La felicidad volátil. El olvido estéril. La memoria selectiva. La verdad oculta. La esperanza absurda. El dolor constante. La realidad injusta. La tristeza danzante. El abrazo ausente. El pensamiento incesante. La soledad cobarde. La pesadilla viva. La voluntad terca. La herida abierta. La puerta cerrada. La voz lejana. Las caricias latentes. Los finales en suspenso. Los muros divisorios. El miedo incondicional. Las palabras hirientes. Los errores repetidos. La utopia inmortal. Todas estas cosas, y tantas otras más.