Nada más que silencio. Eso. No hay nada más. Vaya uno a saber por qué. Nada me violenta más que las cosas que no entiendo. Soy una desesperada buscadora de sentidos. Supongo que tendrá que ver con esa arraigada teoría de que si no entiendo, no cierra; y si no cierra queda ahí, siempre, a la altura de las cuerdas vocales. Te apreta, viste? Como si te quisiera dejar mudo. Ah, sí, otra vez el asuntito este del silencio.
Alguien muy sabio me dijo que "hay gente que no puede manejar que alguien los acepte." Puta madre digo yo. ¿Será que es algo intrínseco del ser humano esto de levantar muros? Pero ahí está el tema, una vez que te levantaron el muro, chau. Claro que podés elegir hacerte el valiente y tratar de saltarlo, pero qué sé yo. A veces uno tiene ese debate interno entre las ganas de algo y su amor propio y dice "bueno, hasta acá llegué". Igual, el autoconvencimiento y la resignación como que no arreglan mucho nada. Todavía tenés esa misma sensación horrenda de perro mojado que lo dejaron afuera para que no embarre el piso. Y vos ahí, de lado de afuera mirando por la ventana, pensando "no entiendo, no me cierra".
Yo le decía a esa persona que era todo ridículo, como sufrir por que se rompió un jarrón que ni siquiera habías comprado. Y que hay una canción que dice que es difícil bailar con el diablo sobre la espalda, que hay que sacárselo de encima. Me dijo que, en realidad, soy yo la que le pone la espalda al diablo. Y ahí, clarito como el agua, te meten el dedo en la llaga y de repente el eje está en vos y te tenés que hacer cargo. Y yo pienso que quizás tengo más de un diablo encima, que quizás el diablo, en realidad, soy yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario