Shake it out.
jueves, 23 de julio de 2015
I´m telling you I´m a fake.
Con el paso de los años y los golpes de la vida, desarrollamos una fabulosa aversión por el fracaso y nos juramos no volver a mirarlo a los ojos a como dé lugar. de ahí que soportamos azotes, lanzas y espinas y nos ahogamos tras la máscara de la felicidad mientras la desdicha nos quema la piel. Nos hacemos a nosotros mismos la solemne promesa de no volver a perder ni a dejar nuestros laureles en manos de alguien más. Así caminamos, a la par de la desidia, vencidos, simulando que no nos cuesta llevar la frente en alto cuando, en realidad, el dolor nos empuja hacia abajo. Si tan sólo pudiesemos abrir los ojos y darnos cuenta que merecemos mucho más que las migajas con las que pretenden conformarnos.
Incómoda. Esa es la palabra. Incómoda. Con la vida en general. Como que todo tiene gusto a nada. Vaya uno a saber cómo fue que llegamos hasta acá. O, mejor dicho, vaya uno a saber cómo salimos. Las cosas que más ocupaban mi cabeza y mi tiempo hoy me generan una especie de rechazo bastante imposible de camuflar. Es hastío, creo yo. Es la molesta sensación de que todos los días son domingo a la tarde.
(8/11)
(8/11)
martes, 26 de noviembre de 2013
Mutar
Y decidi convertirme en piedra, como si Medusa me hubiese mirado fijo a los ojos. "Las piedras no sienten nada", pensé. Quería perder la habilidad de que todo se me clavara en el pecho como puñal y aprender a sobrellevar los silencios, las ausencias, las distancias. Quería sentarme ahí, en un rincón de la nada y someterme al libre albedrío del destino. Quería morir y reencarnar en una piedra, aún sabiendo que no es posible. "Las piedras no sienten nada", pensé.
(2007)
Hubiese sido más fácil ser piedra, sí, de seguro. De seguro no soy la única que buscó ser roca en la esperanza de creerse inmune, inmortal, inalterable. Pero ni las ellas lo logran. A veces, el agua llega calma. A veces no es un temporal de esos que arrasan con todo, convirtiéndolo en arena. A veces el agua acaricia y esculpe las piedras sin que se note y las convierte en otra cosa. Algo no tan duro como la piedra, ni tan frágil como la arena. A veces hay que dejar correr el río. Hay que arriesgarse a mutar. Porque hoy somos rocas y mañana arenas, o quizás podamos ser algo más.
(2013)
martes, 6 de agosto de 2013
Seis.
Solía ser de la gente que corre detrás de la gente. Siempre, como por reflejo. Siempre que alguien se alejaba de mí, corría detrás suyo en un afán masoquista por retenerlo. Incluso cuando eso implicaba modificarme, amoldarme, corromperme. Prefería la compañía rancia a la soledad, la presencia mentirosa de quién permanece con la intermitencia de las marquesinas. Prefería callar y aceptar y agachar la cabeza y comer de la mano mezquina del otro. Prefería dejar de ser.
Un día, de golpe, entendí que no podía culpar a quien se iba y, por sobre todo, entendí que no debía correr detrás de nadie, ni conformarme tampoco. Que no se puede mendigar el amor, qué lo que no se da, se pierde, y que lo que no se nos ofrece, no se debe rogar, que aceptamos el amor que creemos merecer. Y que a veces, creemos mal.
viernes, 31 de mayo de 2013
Ir(se)
Supongo que para algunos es más fácil exiliarse. Irse. Chau. Ni siquiera molestarse en dar un portazo como de aviso. Irse nomás, sigilosamente, como entre sombras. Desvanecerse, digamos. Irse sin dejar una nota, una dirección donde escribir, sin rastro alguno, sin una miga de pan en el camino, como Hansel y Gretel.
Supongo que no mirar atrás es parte de la estrategia. No fijarse quién queda. No detenerse a ver si hay alguien escondiendo una lágrima, ensayando una mueca de olvido, finjiendo entender razones, quedándose inmóvil mirando el tren irse, al borde del andén.
Supongo que es más fácil ejercer el olvido selectivo. Hacer como que "aquí no ha pasado nada". Borrar, arrancar páginas. Eso. Pasado pisado, borrón y cuenta nueva.
No es fácil para quien se queda. NO. No es fácil verse las manos llenas de silencios, no es fácil quedarse con el abrazo inconcluso. Quien se queda rara vez olvida. Y, de alguna manera, sin que yo haya despegado los pies del andén, volvimos a lo que una vez fuimos: extraños.
jueves, 23 de mayo de 2013
Era hora
Se sentó en la misma cafetería, una vez más, como todos los otros día. Pero por alguna razón, la ciudad parecía más brillante. Estaba mirando por la ventana cuando la camarera se detuvo junto a él.
- ¿Lo de siempre, señor?
- Sí ... Espera ... no, mi vida acaba de cambiar, así que bien podría también cambiar mi pedido... capuchino, por favor.
- Ya se lo traigo.
Ella le sonrió y él le devolvió la sonrisa. No podía, ni aunque su vida dependiera de ello, evitar su propia sorpresa. Definitivamente no estaba acostumbrado a sonreír. Volvió los ojos hacia la ventana. La vista que se veía diferente. Se sentía diferente. No leyó el diario esa mañana, como hacía de costumbre mientras bebía su café negro. "No quiero malas noticias hoy", se dijo. Esta vez, tenía un libro sobre la mesa, lo miraba de reojo todo el tiempo pero, por alguna razón que desconocía, no se atrevía a comenzar a leerlo. Una parte de él parecía negarse a seguir cambiando.
Minutos más tarde, la camarera regresó con el pedido, y había un pedazo de la torta junto a la taza. Él la miró fijo, pero ella se las arregló para hablar primero y explicar su gesto:
- Pensé que su vida había cambiado, era algo que merecía una pequeña celebración. Y no se preocupe, la casa invita.
No podía hacer otra cosa que sonreír de nuevo. Ella se volvió hacia él mientras se alejaba y le dijo:
- Y, si no le importa que se lo diga, esa sonrisa se ve muy bien en su cara, ya era hora.
Bebió el cappuccino y, por supuesto, comió el pastel. Se decidió después de una larga conversación consigo mismo y, finalmente, se levantó y se puso el abrigo. Dejó el dinero sobre la mesa y tomó el libro. Le hubiera gustado sonreír a la muchacha una vez más, pero ella no estaba a la vista. Salió de la cafetería y se quedó en el medio de la vereda durante unos segundos, respirando hondo. Bouville no sólo parecía más brillante, también olía más dulce.
Caminó unas pocas cuadras tratando de ver si la ciudad había cambiado realmente tanto, o sólo él. No tenía respuesta para eso, o no estaba preparado para enfrentarla. Decidió caminar unas cuadras más hacia el parque. Cada vez que se detuvo en el semáforo, miró con atención la portada del libro. Había algo en el título, pero no podía descifrar qué.
Llegó en el parque y miró a su alrededor, tratando de recordar la última vez que había estado allí. Simplemente no podía. Había llenado su vida con tantos números inútiles que no había dejado lugar para los recuerdos. La camarera tenía razón, de hecho, era hora.
Se sentó en un banco y miró el libro otra vez. El título estaba allí, gritándole. De repente, todo estaba muy claro. Salió del parque y se fue a su casa, caminando tan rápido como si la vida lo estuviera corriendo. Cerró la puerta detrás de él y se dirigió directamente a su mesa de noche. Se sentó en la cama y abrió el libro para encontrar un número de teléfono escrito en la primera página. Marcó nerviosamente, no del todo seguro de lo que iba a decir. Respondió el contestador. Estaba a punto de colgar cuando se acordó de la camarera, la torta, el parque, los números ...
- Hola, soy yo ... quería darle las gracias por el libro ... y yo ... me preguntaba si ... si quisieras tomar una taza de café conmigo ... capuchino ... llámame si quieres, ¿si? adiós.
Estaba decidido a correr el riesgo. No iba a dejar que se convierta en el título del libro. Él quería que fuera real. Se tumbó en la cama y finalmente comenzó a leer el libro. Tenía la sensación de que le iba a gustar Tomás Moro.
- ¿Lo de siempre, señor?
- Sí ... Espera ... no, mi vida acaba de cambiar, así que bien podría también cambiar mi pedido... capuchino, por favor.
- Ya se lo traigo.
Ella le sonrió y él le devolvió la sonrisa. No podía, ni aunque su vida dependiera de ello, evitar su propia sorpresa. Definitivamente no estaba acostumbrado a sonreír. Volvió los ojos hacia la ventana. La vista que se veía diferente. Se sentía diferente. No leyó el diario esa mañana, como hacía de costumbre mientras bebía su café negro. "No quiero malas noticias hoy", se dijo. Esta vez, tenía un libro sobre la mesa, lo miraba de reojo todo el tiempo pero, por alguna razón que desconocía, no se atrevía a comenzar a leerlo. Una parte de él parecía negarse a seguir cambiando.
Minutos más tarde, la camarera regresó con el pedido, y había un pedazo de la torta junto a la taza. Él la miró fijo, pero ella se las arregló para hablar primero y explicar su gesto:
- Pensé que su vida había cambiado, era algo que merecía una pequeña celebración. Y no se preocupe, la casa invita.
No podía hacer otra cosa que sonreír de nuevo. Ella se volvió hacia él mientras se alejaba y le dijo:
- Y, si no le importa que se lo diga, esa sonrisa se ve muy bien en su cara, ya era hora.
Bebió el cappuccino y, por supuesto, comió el pastel. Se decidió después de una larga conversación consigo mismo y, finalmente, se levantó y se puso el abrigo. Dejó el dinero sobre la mesa y tomó el libro. Le hubiera gustado sonreír a la muchacha una vez más, pero ella no estaba a la vista. Salió de la cafetería y se quedó en el medio de la vereda durante unos segundos, respirando hondo. Bouville no sólo parecía más brillante, también olía más dulce.
Caminó unas pocas cuadras tratando de ver si la ciudad había cambiado realmente tanto, o sólo él. No tenía respuesta para eso, o no estaba preparado para enfrentarla. Decidió caminar unas cuadras más hacia el parque. Cada vez que se detuvo en el semáforo, miró con atención la portada del libro. Había algo en el título, pero no podía descifrar qué.
Llegó en el parque y miró a su alrededor, tratando de recordar la última vez que había estado allí. Simplemente no podía. Había llenado su vida con tantos números inútiles que no había dejado lugar para los recuerdos. La camarera tenía razón, de hecho, era hora.
Se sentó en un banco y miró el libro otra vez. El título estaba allí, gritándole. De repente, todo estaba muy claro. Salió del parque y se fue a su casa, caminando tan rápido como si la vida lo estuviera corriendo. Cerró la puerta detrás de él y se dirigió directamente a su mesa de noche. Se sentó en la cama y abrió el libro para encontrar un número de teléfono escrito en la primera página. Marcó nerviosamente, no del todo seguro de lo que iba a decir. Respondió el contestador. Estaba a punto de colgar cuando se acordó de la camarera, la torta, el parque, los números ...
- Hola, soy yo ... quería darle las gracias por el libro ... y yo ... me preguntaba si ... si quisieras tomar una taza de café conmigo ... capuchino ... llámame si quieres, ¿si? adiós.
Estaba decidido a correr el riesgo. No iba a dejar que se convierta en el título del libro. Él quería que fuera real. Se tumbó en la cama y finalmente comenzó a leer el libro. Tenía la sensación de que le iba a gustar Tomás Moro.
Soltar
"El yeite está en soltar", dicen. JA. Como si fuera tan fácil. Como si fuera igual a abrir la mano y dejar que el globo vuele libre y quedarse inmóvil, pies en tierra, viéndolo alejarse hasta volverse invisible. No. No es fácil soltar. La sola idea de hacerlo provoca que, por reflejo, apretemos todavía con más fuerza el hilo. Si de casualidad tenemos un rapto de coraje y conciencia como para abrir la mano, inmediatamente salimos a correr tras el globo, como si creyéramos que van a crecernos alas y lo vamos a alcanzar. Nunca es fácil soltar. Soltar puede equivaler a volver a saberse solo, a reconocerse en singular. Soltar a veces es perderlo todo. Soltar siempre da miedo. Pánico incluso. Imaginar el globo volviéndose un puntito allá a lo lejos paraliza. Pero a veces hay que hacerlo. Quién te dice, un día salís al balcón y ahí está: el globo. Quién te dice te das cuenta que hiciste bien en abrir la mano. Quien te dice, ves, clarito como nunca antes, que no lo querés soltar. No. El globo es tuyo, querés que lo sea, te lo querés quedar. Cualquiera de todas esas opciones, te va a servir de algo. Soltá, o apretá más fuerte, pero hacé algo. Nunca nadie tuvo un globo por pensar "qué pasaría si..."
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