Solía ser de la gente que corre detrás de la gente. Siempre, como por reflejo. Siempre que alguien se alejaba de mí, corría detrás suyo en un afán masoquista por retenerlo. Incluso cuando eso implicaba modificarme, amoldarme, corromperme. Prefería la compañía rancia a la soledad, la presencia mentirosa de quién permanece con la intermitencia de las marquesinas. Prefería callar y aceptar y agachar la cabeza y comer de la mano mezquina del otro. Prefería dejar de ser.
Un día, de golpe, entendí que no podía culpar a quien se iba y, por sobre todo, entendí que no debía correr detrás de nadie, ni conformarme tampoco. Que no se puede mendigar el amor, qué lo que no se da, se pierde, y que lo que no se nos ofrece, no se debe rogar, que aceptamos el amor que creemos merecer. Y que a veces, creemos mal.
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