viernes, 31 de mayo de 2013

Ir(se)

Supongo que para algunos es más fácil exiliarse. Irse. Chau. Ni siquiera molestarse en dar un portazo como de aviso. Irse nomás, sigilosamente, como entre sombras. Desvanecerse, digamos. Irse sin dejar una nota, una dirección donde escribir, sin rastro alguno, sin una miga de pan en el camino, como Hansel y Gretel. 
Supongo que no mirar atrás es parte de la estrategia. No fijarse quién queda. No detenerse a ver si hay alguien escondiendo una lágrima, ensayando una mueca de olvido, finjiendo entender razones, quedándose inmóvil mirando el tren irse, al borde del andén.
Supongo que es más fácil ejercer el olvido selectivo. Hacer como que "aquí no ha pasado nada". Borrar, arrancar páginas. Eso. Pasado pisado, borrón y cuenta nueva. 
No es fácil para quien se queda. NO. No es fácil verse las manos llenas de silencios, no es fácil quedarse con el abrazo inconcluso. Quien se queda rara vez olvida. Y, de alguna manera, sin que yo haya despegado los pies del andén, volvimos a lo que una vez fuimos: extraños.

jueves, 23 de mayo de 2013

Era hora

Se sentó en la misma cafetería, una vez más, como todos los otros día. Pero por alguna razón, la ciudad parecía más brillante. Estaba mirando por la ventana cuando la camarera se detuvo junto a él.

- ¿Lo de siempre, señor?
- Sí ... Espera ... no, mi vida acaba de cambiar, así que bien podría también cambiar mi pedido... capuchino, por favor.
- Ya se lo traigo.

Ella le sonrió y él le devolvió la sonrisa. No podía, ni aunque su vida dependiera de ello, evitar su propia sorpresa. Definitivamente no estaba acostumbrado a sonreír. Volvió los ojos hacia la ventana. La vista que se veía diferente. Se sentía diferente. No leyó el diario esa mañana, como hacía de costumbre mientras bebía su café negro. "No quiero malas noticias hoy", se dijo. Esta vez, tenía un libro sobre la mesa, lo miraba de reojo todo el tiempo pero, por alguna razón que desconocía, no se atrevía a comenzar a leerlo. Una parte de él parecía negarse a seguir cambiando.

Minutos más tarde, la camarera regresó con el pedido, y había un pedazo de la torta junto a la taza. Él la miró fijo, pero ella se las arregló para hablar primero y explicar su gesto:

- Pensé que su vida había cambiado, era algo que merecía una pequeña celebración. Y no se preocupe, la casa invita.

No podía hacer otra cosa que sonreír de nuevo. Ella se volvió hacia él mientras se alejaba y le dijo:

- Y, si no le importa que se lo diga, esa sonrisa se ve muy bien en su cara, ya era hora.

Bebió el cappuccino y, por supuesto, comió el pastel. Se decidió después de una larga conversación consigo mismo y, finalmente, se levantó y se puso el abrigo. Dejó el dinero sobre la mesa y tomó el libro. Le hubiera gustado sonreír a la muchacha una vez más, pero ella no estaba a la vista. Salió de la cafetería y se quedó en el medio de la vereda durante unos segundos, respirando hondo. Bouville no sólo parecía más brillante, también olía más dulce.

Caminó unas pocas cuadras tratando de ver si la ciudad había cambiado realmente tanto, o  sólo él. No tenía respuesta para eso, o no estaba preparado para enfrentarla. Decidió caminar unas cuadras más hacia el parque. Cada vez que se detuvo en el semáforo, miró con atención la portada del libro. Había algo en el título, pero no podía descifrar qué.

Llegó en el parque y miró a su alrededor, tratando de recordar la última vez que había estado allí. Simplemente no podía. Había llenado su vida con tantos números inútiles que no había dejado lugar para los recuerdos. La camarera tenía razón, de hecho, era hora.
Se sentó en un banco y miró el libro otra vez. El título estaba allí, gritándole. De repente, todo estaba muy claro. Salió del parque y se fue a su casa, caminando tan rápido como si la vida lo estuviera corriendo. Cerró la puerta detrás de él y se dirigió directamente a su mesa de noche. Se sentó en la cama y abrió el libro para encontrar un número de teléfono escrito en la primera página. Marcó nerviosamente, no del todo seguro de lo que iba a decir. Respondió el contestador. Estaba a punto de colgar cuando se acordó de la camarera, la torta, el parque, los números ...


- Hola, soy yo ... quería darle las gracias por el libro ... y yo ... me preguntaba si ... si quisieras tomar una taza de café conmigo ... capuchino ... llámame si quieres, ¿si? adiós.

Estaba decidido a correr el riesgo. No iba a dejar que se convierta en el título del libro. Él quería que fuera real. Se tumbó en la cama y finalmente comenzó a leer el libro. Tenía la sensación de que le iba a gustar Tomás Moro.

Soltar

"El yeite está en soltar", dicen. JA. Como si fuera tan fácil. Como si fuera igual a abrir la mano y dejar que el globo vuele libre y quedarse inmóvil, pies en tierra, viéndolo alejarse hasta volverse invisible. No. No es fácil soltar. La sola idea de hacerlo provoca que, por reflejo, apretemos todavía con más fuerza el hilo. Si de casualidad tenemos un rapto de coraje y conciencia como para abrir la mano, inmediatamente salimos a correr tras el globo, como si creyéramos que van a crecernos alas y lo vamos a alcanzar. Nunca es fácil soltar. Soltar puede equivaler a volver a saberse solo, a reconocerse en singular. Soltar a veces es perderlo todo. Soltar siempre da miedo. Pánico incluso. Imaginar el globo volviéndose un puntito allá a lo lejos paraliza. Pero a veces hay que hacerlo. Quién te dice, un día salís al balcón y ahí está: el globo. Quién te dice te das cuenta que hiciste bien en abrir la mano. Quien te dice, ves, clarito como nunca antes, que no lo querés soltar. No. El globo es tuyo, querés que lo sea, te lo querés quedar. Cualquiera de todas esas opciones, te va a servir de algo. Soltá, o apretá más fuerte, pero hacé algo. Nunca nadie tuvo un globo por pensar "qué pasaría si..."

martes, 21 de mayo de 2013

Quizás.


Quizás lo mejor que puede pasarnos es vernos obligados a reformularlo todo. TODO. A mover todo lo que nos rodea,  a reorganizar todas las piezas en el tablero, después de que alguien lo haya pateado por los aires. 
Quizás lo mejor que puede pasarnos es que los abran los ojos de par en par, a la fuerza, que nos hagan conscientes de que esto es ésto y no otra cosa. Que no hay amigos del todo tan fieles, ni príncipes azules, que no hay héroes como en los dibujos animados. 
Quizás lo mejor que puede pasarnos es oler el vacío, sentir el fin del mundo en la punta de la nariz, pensar seriamente que pasaría si todo lo que hoy es, dejara de serlo; pensar qué piezas en ese tablero son fundamentales para ganar la partida, pensar estratégicamente como moverlas. 
Quizás lo mejor que puede pasarnos es dejar de buscar nuestro reflejo en espejitos de colores, reconocer cada imperfección y cada falla, y saber que somos quienes somos a pesar de ellas.
Quizás lo mejor que puede pasarnos es hacer carne esa frasecita que dice que "aceptamos el amor que creemos merecer" y esa otra que dice que "somos lo que amamos, no quien nos ama". 
Quizás lo mejor que puede pasarnos es saber que venimos al mundo solos, y nos vamos igual, y aprender a valernos por nosotros mismos sabiendo siempre que, como dice Don Eduardo, "somos lo que hacemos para cambiar lo que somos". 

Me voy a morir así.

Me voy a morir así. Beligerante en tiempos de guerra, amante en tiempos de paz, nunca parte del bando de los tibios. Sin comer jamás de la mano del enemigo, sin importar el hambre. Sin hacer concesiones con mis ideas, sin negociar ni un tantito así la realidad. Sin agachar la cabeza ni pedir perdón por decir las cosas que pienso. Respetando siempre la visceralidad que rige cada una de las decisiones que tomo, sin lavar lo que me queda de rojo, sin levantar los dedos en v. Los que se camuflan son los que tienen miedo. No voy a intentar cambiarme para entrar en los esquemas de nadie, y seguiré caminando con esta misma personalidad que tanto repudian algunos, esa que me regalaron los que quisieron hacerme mierda, y lograron sólo endurecerme un poco más. Defenderé de la que venga a quien camine al lado mio, y no habrá justicia para quien vaya apuñalando por atrás. Me seguiré manejando con esta sinceridad que tanto le molesta a los hipócritas, a los que no dan derecho a réplica porque temen que aflore la verdad. Pediré perdón las veces que me haya equivocado y batallaré hasta el final las veces que sepa que tengo razón. Le pondré el cuerpo y el alma a cada causa que crea justa, y el pecho a cada bala de los que mienten para ganar. A medias, nada. Con el corazón, todo. Va a ser como dice Silvio: yo me muero como viví. 

jueves, 16 de mayo de 2013

Sobre (todas las) Marita Verón

La Justicia sienta un precedente que nos deja a todas las mujeres solas, desamparadas, en la boca del lobo, en la puerta del olvido. Le dice a Marita Verón que su vida no vale nada. Le dice a los hijos de puta que nos secuestran y nos venden que está bien, que pueden hacerlo porque no pasa nada. Nos dice a nosotras que no esperemos que nos protejan o que nos defiendan, que no pidamos un proyecto de ley de trata porque parece no ser prioridad. Le dice a Susana Trimarco que luchó 10 años contra el monstruo imbatible de la impunidad, y que fue una ingenua por creer que le iba a ganar. Le dice a Micaela Verón que si quiere buscar, lo va a tener que seguir haciendo sola. Le dice a tu mamá, a tu hermana, a tu novia, a tu hija, que no valen nada, porque son mujeres, porque la sociedad machista y patriarcal en la que vivimos las considera menos. Le dicen a todas las chicas que atestiguaron que su palabra vale menos que la plata que pusieron los acusados para librarse de ir en cana. Me dice a mi que me trague las lágrimas y tenga cuidado en la calle, y que deje de arrancar papelitos de prostíbulos porque no hay forma de parar la mafia de la trata de personas.
Pero mientras la justicia siga diciendo todo eso, siempre habrá una mujer gritando ¡BASTA!
Realmente no creo que las personas sufran de pérdida de memoria selectiva. Ahí es cuando me pregunto como es que yo recuerdo cosas que son muy evidentes y los demás no. Quizás sólo lo sean para mí. Quizás sea cierto eso que me dijeron una vez de que yo no tengo paz. En realidad lo que tengo es memoria. A veces creo que las relaciones humanas son como tantas otras cosas que se rompen y uno con todo el empeño del mundo las pega para no perderlas. La rajadura sigue estando ahí, como las cicatrices.